Pero no era así; yo seguía siendo el mismo en fuerza, en anhelo ferviente de simpatía, en mi ansia de acción enérgica. Mis virtudes varoniles no me abandonaron, pues la hechicera Urania respetó los cabellos de Sansón mientras este reposaba a sus pies; pero todo se había vuelto más suave y humano. Ni tampoco se limitaba Adrián a instruirme en las frías verdades de la historia y la filosofía. Al mismo tiempo que me enseñaba por medio de ellas a someter mi propio espíritu imprudente y sin cultivar, abrió ante mi vista la página viva de su propio corazón y me hizo sentir y comprender su maravillosa índole.
La exreina de Inglaterra había procurado, incluso durante la infancia, implantar proyectos audaces y ambiciosos en la mente de su hijo. Veía que él estaba dotado de genio y talento sobresaliente; y los cultivó con el fin de utilizarlos después para la promoción de sus propias miras. Fomentaba su avidez de conocimiento y su valor impetuoso; incluso toleraba su indómito amor por la libertad, con la esperanza de que este, como ocurre con demasiada frecuencia, condujera a una pasión por el mando. Se esmeró en educarlo en un sentimiento de resentimiento hacia aquellos que habían contribuido a provocar la abdicación de su padre, y en un deseo de vengarse de ellos. En esto no tuvo éxito. Los relatos que se le proporcionaban, por muy distorsionados que fuesen, sobre una nación grande y sabia que afirmaba su derecho a gobernarse a sí misma, despertaron su admiración: desde temprana edad se convirtió en republicano por convicción. Aun así, su madre no desbaudó. Al amor por el mando y al soberbio orgullo de nacimiento añadió una ambición decidida, paciencia y autocontrol. Se dedicó al estudio del carácter de su hijo. Mediante la aplicación de la alabanza, la censura y la exhortación, trató de buscar y