Estos son sueños descabellados. Sin embargo, desde que, hace hoy una semana, se apoderaron de mí, mientras me encontraba en lo alto de San Pedro, han dominado mi imaginación. He elegido mi embarcación y acopio mis escasas provisiones. He seleccionado unos cuantos libros; los principales son Homero y Shakespeare—, pero las bibliotecas del mundo se abren de par en par ante mí—, y en cualquier puerto podré renovar mis existencias. No albergo ninguna esperanza de cambio a mejor; pero el presente monótono me resulta intolerable. Ni la esperanza ni la alegría son mis guías—; la desesperación inquieta y un fiero deseo de cambio me conducen. Anhelo forcejear con el peligro, sentir la emoción del miedo, tener alguna tarea, por leve o voluntaria que sea, que cumplir cada día. Presenciaré toda la variedad de aspectos que los elementos pueden adoptar—; leeré un buen augurio en el arco iris—, una amenaza en la nube—, alguna lección o testimonio entrañable para mi corazón en cada cosa. Así, por las costas de la tierra desierta, mientras el sol brilla en lo alto y la luna crece o mengua, los ángeles, los espíritus de los muertos y el ojo siempre abierto del Supremo contemplarán la diminuta barca, cargada con Verney—, el último hombre.
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