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nydus/The Last ManPublic
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III. El último hombre

débil; al principio respondía a mis palabras de ánimo con afectuosas gracias; pero poco a poco se sumió en el silencio; su cabeza recayó pesadamente sobre mí; solo sabía que vivía por su respiración irregular y sus frecuentes suspiros. Por un momento resolví detener parte y, oponiendo la trasera del carricoche a la furia de la tempestad, esperar la mañana como bien pudiera. Pero el viento era frío y penetrante, mientras que los ocasionales escalofríos de mi pobre Idris, y el intenso frío que yo mismo sentía, demostraban que aquello sería un experimento peligroso. Al fin creí que dormía⁠—sueño fatal, inducido por la helada: en este momento vi el pesado contorno de una cabaña dibujado en el oscuro horizonte muy cerca de nosotros: «Amor mío —dije—, esfuérzate solo un momento más y tendremos refugio; detengámonos aquí para que pueda abrir la puerta de esta bendita morada».

Mientras hablaba, mi corazón se vio transportado y mis sentidos se anegaron de un deleite y una gratitud desmedidos; apoyé la cabeza de Idris contra el carruaje y, saltando al exterior, me abrí paso por la nieve hasta la cabaña, cuya puerta estaba abierta. Llevaba conmigo aparejos para encender fuego, los cuales me revelaron una habitación acogedora, con una pila de leña en un rincón y ningún rastro de desorden, salvo que, al haberse quedado la puerta entreabierta, la nieve, arrastrada por el viento, había bloqueado el umbral. Volví al carruaje, y el brusco cambio de la luz a la oscuridad me cegó al principio. Cuando recuperé la vista —¡eterno Dios de este mundo sin ley! ¡Oh, Muerte suprema! No alteraré tu silencioso reino ni empañaré mi relato con infructuosas exclamaciones de horror—, vi a Idris, que había caído del asiento al fondo del carruaje; su cabeza, con los largos cabellos colgando, y uno de sus brazos pendían por el costado. Atónito por un espasmo de horror, la levanté; su corazón no latía, y el más leve aliento ya no rozaba sus labios marchitos.

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