azul y mohoso; el queso yacía hecho un montón de polvo. No me atreví a examinar los otros platos; una tropa de hormigas cruzaba en doble fila el mantel; cada utensilio estaba cubierto de polvo, de telarañas y de miríadas de moscas muertas: todos y cada uno de estos eran objetos que atestiguaban la falacia de mis expectativas. Las lágrimas acudieron a mis ojos; ciertamente esto era una demostración gratuita del poder del destructor. ¿Qué había hecho yo para que cada nervio sensitivo fuese así disecado? Y, sin embargo, ¿por qué quejarse más ahora que antes? Esta cabaña vacía no revelaba ninguna nueva pena —el mundo estaba vacío; la humanidad había muerto—, bien lo sabía; ¿por qué reñir, por lo tanto, con una verdad conocida y trillada? Aun así, como decía, había tenido esperanza en el mismo corazón de la desesperación, de modo que cada nueva impresión de la cruda realidad en mi alma traía consigo un nuevo dolor, enseñándome la lección aún no aprendida de que ni el cambio de lugar ni el de tiempo podían traer alivio a mi miseria, sino que, tal como estaba ahora, debía continuar, día tras día, mes tras mes, año tras año, mientras viviera. Apenas me atreví a conjeturar qué lapso de tiempo implicaba esa expresión. Es verdad que ya no estaba en la flor de la juventud; tampoco había declinado mucho en el valle de los años; los hombres han considerado mi edad como la plenitud de la vida: acababa de entrar en mi trigésimo séptimo año; cada miembro estaba tan bien formado, cada articulación tan firme como cuando había hecho de pastor en las colinas de Cumberland; y con estas ventajas tenía que comenzar el cortejo de una vida solitaria. Tales fueron las reflexiones que introdujeron mi sopor en aquella noche.
El refugio, sin embargo, y el reposo menos turbado del que disfruté, me devolvieron a la mañana siguiente una mayor porción de salud y fuerza de la que había experimentado desde mi fatal naufragio.