a esta última, y que varios turcos de rango e importancia habían sido trasladados a Asia. Los hombres rechazaron con desdén la idea de haber abandonado la defensa de su ciudad; y uno de ellos, el más joven, respondiendo a la burla de un marinero, exclamó: «¡Quedaos con ella, perros cristianos! Quedaos con los palacios, los jardines, las mezquitas, la morada de nuestros padres; quedaos también con la peste; la epidemia es la enemiga de la que huimos; si ella es vuestra amiga, apretadla contra vuestro pecho. La maldición de Alá pesa sobre Estambul, compartid su suerte».
Tal fue el relato enviado por Karazza a Raymond: pero la tropa que lo acompañaba difundió entre nuestros soldados una historia llena de monstruosas exageraciones, aunque basada en este.
Un murmullo se alzó: la ciudad era presa de la pestilencia; ya un poder supremo había subyugado a los habitantes; la Muerte se había convertido en señor de Constantinopla.
He oído describir un cuadro en el que todos