llegada, me condujo al día siguiente al lugar seleccionado por ella como el tesoro de los queridos restos de Raymond. Estaba en un recoveco cerca de la cabecera del barranco al sur del Himeto. El abismo, profundo, negro y vetusto, se extendía desde la cumbre hasta la base; en las grietas de la roca crecía la maleza de mirto y el tomillo silvestre, alimento de numerosas naciones de abejas; enormes peñascos sobresalientes se adentraban en la hendidura, unos cerniéndose amenazantes, otros elevándose perpendicularmente desde ella. Al pie de este sublime abismo, un valle fértil y risueño se extendía de mar a mar, y más allá se desplegaba el Egeo azul, salpicado de islas, con las ligeras olas brillando bajo el sol. Cerca del lugar en el que nos encontrábamos, había una roca solitaria, alta y cónica, que, separada por todos lados de la montaña, parecía una pirámide esculpida por la naturaleza; con poco esfuerzo este bloque fue reducido a una forma perfecta; la estrecha celda fue excavada en su interior, en la cual se depositó a Raymond, y una breve inscripción, esculpida en la piedra viva, consignaba el nombre de su ocupante, la causa y la época de su muerte.
Todo se realizó con rapidez bajo mis órdenes. Acordé dejar la finalización y la custodia de la tumba en manos del superior de la institución religiosa de Atenas, y a finales de octubre me preparé para regresar a Inglaterra. Se lo mencioné a Perdita. Resultaba doloroso parecer arrancarla del último escenario que hablaba de su ser querido; pero demorarse allí era inútil, y mi propia alma estaba enferma de anhelo por reunirme con mi Idris y sus pequeños. En respuesta, mi hermana me pidió que la acompañara la tarde siguiente a la tumba de Raymond. Habían pasado algunos días desde que yo había visitado el lugar. El sendero se había ensanchado, y unos peldaños