cumplido apresuradamente, y el pavimento de la capilla, que constituía su entrada, tras haber sido retirado, no había sido vuelto a colocar. Descendí los peldaños y recorrí el largo pasaje hasta la gran cripta que contenía el polvo familiar de mi Idris. Distinguí el pequeño ataúd de mi nene. Con manos apresuradas y temblorosas dispuse unas parihuelas junto a él, cubriéndolas con las pieles y los chales indios que habían envuelto a Idris en su viaje hacia allí. Encendí la lámpara titilante, que parpadeaba en esta húmeda morada de los muertos; luego llevé a mi perdida criatura hasta su lecho último, acomodando decorosamente sus extremidades y cubriéndolas con un manto, velando todo excepto su rostro, que seguía siendo hermoso y apacible. Parecía descansar como alguien extenuado por el cansancio, con sus bellos ojos sumidos en un dulce sopor. Sin embargo, no era así: ¡estaba muerta! Cuán intensamente anhelé entonces recostarme a su lado, contemplarla hasta que la muerte me acogiera en el mismo reposo.
Pero la muerte no acude a la llamada de los desgraciados. Hacía poco que me había recuperado de una enfermedad mortal, y mi sangre jamás había fluido con un caudal tan uniforme, ni mis extremidades habían estado tan repletas de vida vibrante como ahora. Sentí que mi muerte debía ser voluntaria.
Sin embargo, ¿qué hay más natural que el hambre, mientras velaba en esta cámara de mortalidad, situado en un mundo de muertos, junto a la esperanza perdida de mi vida?
Entre tanto, mientras la contemplaba, sus facciones, que guardaban un parecido fraternal con las de Adrian, devolvieron mis pensamientos a los vivos, a este querido amigo, a Clara y a Evelyn, quienes probablemente estarían ya en Windsor, esperando con ansiedad nuestra llegada.