protegiéndolo de todo ataque hostil con nuestras alabanzas, esparciendo sobre él las flores del amor y el pesar, guardándolo de la descomposición y legándolo intacto a la posteridad. Tal es el deber de sus amigos. Uno más querido os pertenece a vos, Perdita, madre de su hija. ¿Recordáis en su infancia con qué éxtasis contemplabais a Clara, reconociendo en ella la fusión de vuestro ser y el de Raymond; regocijándoos al ver en este templo viviente una manifestación de vuestros amores eternos? Tal es ella todavía. Decís que habéis perdido a Raymond. ¡Oh, no! ¡Aún vive con vos y en vos ahí! De él nació, carne de su carne, hueso de su hueso; y ya no os conformáis, como antes, con rastrear en su mejilla suave y sus delicados miembros una afinidad con Raymond, sino que en sus afectos entusiastas, en las dulces cualidades de su espíritu, podéis encontrarlo aún viviendo, al bueno, al grande, al amado. Que sea vuestro cuidado fomentar esta semejanza; que sea vuestro cuidado hacerla digna de él, para que, cuando se glorie de su origen, no sienta vergüenza de lo que es».
Podía percibir que, cuando recordaba a mi hermana sus deberes en la vida, no escuchaba con la misma paciencia que antes. Parecía sospechar de un plan de consuelo por mi parte, ante el cual ella, aferrada a su recién nacido dolor, se rebelaba. —Hablas del porvenir —dijo—, mientras que el presente lo es todo para mí. Permíteme encontrar la morada terrenal de mi amado; rescatémosla del polvo común, para que en los tiempos venideros los hombres señalen la tumba sagrada y la llamen suya; luego vendrán otros pensamientos y un nuevo rumbo en la vida, o lo que sea que el destino, en su cruel tiranía, haya marcado para mí.
Después de un breve reposo me dispuse a dejarla, para intentar cumplir su deseo. Entretanto se nos unió Clara, cuya pálida mejilla y mirada atemorizada mostraban la profunda impresión que el dolor había causado en su joven mente. Parecía rebosar de algo que no lograba expresar con palabras;