Pero otra tarea ha de ser mía: de nuevo visité la detestada playa; de nuevo busqué en vano a lo lejos; de nuevo lancé mi grito sin respuesta, alzando la única voz que podría alguna vez volver a forzar al aire mudo a articular el pensamiento humano.
¡Qué ser tan lamentable, desamparado y desconsolado era! Mi propio aspecto y atuendo contaban la historia de mi desesperación. Mi cabello estaba enmarañado y salvaje; mis extremidades, manchadas de légamo salitroso; mientras estuve en el mar, me había despojado de las prendas que me estorban, y la lluvia empapaba la ligera ropa de verano que había conservado; mis pies estaban descalzos, y los juncos enanos y las conchas rotas los hacían sangrar; al tiempo que corría de aquí para allá, mirando ahora con fijeza alguna roca distante que, convertida en isla entre las arenas, ofrecía por un instante una apariencia engañosa; reprochándole ahora, con ojos brillantes, al océano asesino su indescriptible crueldad.
Por un momento me comparé con aquel monarca del yermo: Robinson Crusoe. Ambos habíamos sido arrojados sin compañía: él a la orilla de una isla desolada; yo a la de un mundo desolado. Yo era rico en los llamados bienes de la vida. Si apartaba mis pasos de la escena casi estéril y entraba en cualquiera de los millones de ciudades de la tierra, hallaría su riqueza acumulada para mi comodidad —ropa, comida, libros y una variedad de moradas superior a la que podían ordenar los príncipes de antaño—; cualquier clima quedaba sujeto a mi elección, mientras que él se veía obligado a trabajar para adquirir cada artículo de primera necesidad, y habitaba una isla tropical contra cuyos calores y tormentas apenas podía hallar refugio. —Visto el asunto así, ¿quién no habría preferido los deleites sibaritas que yo podía mandar, el ocio filosófico y los amplios recursos intelectuales a su vida de fatiga y peligro? Sin embargo, él era mucho más feliz que yo: pues podía esperar, y no en vano; la nave destinada al fin llegó para llevarlo con sus compatriotas y parientes, donde los sucesos de su soledad se convirtieron en un relato junto al fuego. A nadie podría yo relatar jamás la historia de mi