Esta convicción, junto con el recuerdo de respuestas suaves a palabras amargas, de miradas gentiles que devolvían gestos de ira; la percepción de la falsedad, la pequeñez y la futilidad de sus acariciados sueños de cuna y poder; el abrumador conocimiento de que el amor y la vida eran los verdaderos emperadores de nuestra condición mortal; todo ello, como una marea, se elevó y llenó su alma de una tormentosa y desconcertante confusión. Me tocó en suerte llegar como la fuerza influyente para calmar el fiero oleaje de estas turbulentas aguas. Le hablé; la llevé a reflexionar sobre cuán feliz había sido en realidad Idris, y cómo sus virtudes y numerosas excelencias habían hallado campo y valoración en su pasada existencia. La alabé, a ella, el ídolo de la entrañable adoración de mi corazón, el admirado modelo de la perfección femenina. Con ardiente y desbordante elocuencia, aligeré mi corazón de su carga y desperté a la consciencia de un nuevo placer en la vida, mientras vertía el elogio fúnebre. Luego me referí a Adrian, su amado hermano, y a su hijo superviviente. Le declaré, lo cual antes casi había olvidado, cuáles eran mis deberes con respecto a estas valiosas partes de ella misma, y le pedí a la melancólica madre arrepentida que reflexionara sobre cómo podía expiar mejor la crueldad hacia la difunta, mediante un amor redoblado hacia los supervivientes. Al consolarla, mis propias penas se mitigaron; mi sinceridad se ganó su absoluta convicción.
Se volvió hacia mí. La mujer dura, inflexible y perseguidora se volvió con una expresión apacible en el rostro y dijo: «Si nuestro amado ángel nos ve ahora, le encantará descubrir que te hago justicia, aunque sea tarde. Eras digno de ella; y de todo corazón me alegro de que me la hayas arrebatado. Perdona, hijo mío, los muchos agravios que te he hecho; olvida mis amargas palabras y mi maltrato: tómame y govérname como quieras».