sintió, ni temió, ni se detuvo, sino que siguió corriendo sin parar, hasta que sus fuerzas la abandonaron de repente, tan de repente, que ni pensó en ponerse a salvo. Le fallaron las rodillas y cayó pesadamente sobre el pavimento. Quedó aturdida por un momento; pero al fin se levantó y, aunque muy malherida, siguió caminando, derramando un torrente de lágrimas, tropezando a veces, yendo no sabía adónde, limitándose a pronunciar de vez en cuando con voz débil mi nombre, y a añadir, con exclamaciones desgarradoras, que yo era cruel e insensible. No había ser humano alguno que respondiera; y las inclemencias de la noche habían ahuyentado a los animales vagabundos hacia los refugios que habían usurpado. Su fino vestido estaba empapado por la lluvia; su cabello mojado se pegaba a su cuello; anduvo tambaleándose por las calles oscuras, hasta que, al chocar su pie contra un obstáculo invisible, volvió a caer; no pudo levantarse; apenas hizo el esfuerzo; sino que, encogiendo las extremidades, se entregó a la furia de los elementos y al amargo dolor de su propio corazón. Exhaló una ferviente plegaria para morir pronto, pues no había más alivio que la muerte. Al verse sin esperanza de salvación, dejó de lamentarse por su hijo moribundo, pero derramó tiernas y amargas lágrimas por el dolor que yo experimentaría al perderla. Mientras yacía allí, con la vida casi suspendida, sintió una mano cálida y suave sobre su frente, y una dulce voz femenina le preguntó, con expresiones de tierna compasión, si no podía levantarse. Que existiera cerca otro ser humano, comprensivo y bondadoso, la reanimó; incorporándose a medias, con las manos entrelazadas y nuevas lágrimas brotando, le suplicó a su compañera que me buscara, que me dijera que fuera junto a mi hijo moribundo, que lo salvara, por el amor de Dios, ¡que lo salvara!
La mujer la levantó; la condujo a cubierto, le suplicó que regresara a su hogar, adonde tal vez yo ya había vuelto. Idris cedió fácilmente a sus persuasiones, se apoyó en el brazo de su amiga, se esforzó por seguir caminando, pero una debilidad irresistible la hacía detenerse una y otra vez.