Hablamos de lo que había más allá de la tumba; y, estando el hombre en su forma humana casi extinto, sentimos con la certeza de la fe que otros espíritus, otras mentes, otros seres perceptivos, invisibles para nosotros, debían poblar con pensamiento y amor este hermoso e imperecedero universo.
Hablamos —no sé cuánto tiempo—, pero por la mañana desperté de un doloroso y pesado sopor; la pálida mejilla de Idris descansaba sobre mi almohada; las grandes esferas de sus ojos levantaban a mitad los párpados y dejaban ver las luces azul profuso en su interior; sus labios estaban entreabiertos y los leves murmullos que formaban indicaban que, aun dormida, sufría. «Si estuviera muerta —pensé—, ¿qué diferencia habría? Ahora esa forma es el templo de una deidad residente; esos ojos son las ventanas de su alma; toda gracia, amor e inteligencia están entronizados en ese amado seno; si estuviera muerta, ¿dónde estaría esta mente, la mitad más cara de la mía? Pues pronto la bella proporción de este edificio quedaría más afeada que las ruinas anegadas de arena de los templos desérticos de Palmira».