y voy a ver en qué estado se encuentra el pobre hombre.
Un murmullo de sorpresa y horror recorrió la asamblea. Continué:—«Este pobre desgraciado está abandonado, muriéndose, sin socorro; en estos tiempos infelices, Dios sabe cuán pronto cualquiera de nosotros, o todos nosotros, podamos encontrarnos en igual necesidad. Voy a hacer según me gustaría que hiciesen conmigo».
“Pero nunca podrás volver al Castillo—lady Idris—sus hijos—” fueron las palabras que, en un discurso confuso, llegaron a mis oídos.
«¿No sabéis, amigos míos —dije—, que el propio conde, ahora lord protector, visita a diario, no solo a los probablemente infectados por esta enfermedad, sino también los hospitales y lazaretos, acercándose e incluso tocando a los enfermos? Y sin embargo, jamás ha gozado de mejor salud. Os equivocaćis por completo en cuanto a la naturaleza de la peste; pero no temáis, no os pido a ninguno que me acompañéis, ni que me creáis, hasta que regrese sano y salvo de junto a mi paciente».