contraídos. Deseaba irse; cada día esperaba ser infectado por la peste, cada día era incapaz de resistir la amable violencia de la retención de Adrian. En el momento en que Adrian fuera elegido legalmente su adjunto, escaparía hacia un lugar seguro. Bajo esta impresión escuchó todo lo que le dije; y, exaltado casi hasta la alegría por la cercana perspectiva de su marcha, se adentró en una discusión sobre los planes que adoptaría en su propio condado, olvidando por un instante su estimada resolución de aislarse de toda comunicación en la mansión y los terrenos de su finca.
Por la tarde, Adrian y yo nos dirigimos a Westminster. Por el camino me recordó lo que debía decir y hacer; sin embargo, por extrañas que parezca, entré en la cámara sin haber reflexionado ni una sola vez sobre mi propósito. Adrian se quedó en la sala de café, mientras que yo, cumpliendo con su deseo, tomé mi asiento en St. Stephen’s. En la cámara reinaba un silencio inusual. No la había visitado desde el protectorado de Raymond; un período destacado por una numerosa asistencia de miembros, por la elocuencia de los oradores y por la intensidad del debate. Los escaños estaban muy vacíos; los ocupados habitualmente por los miembros hereditarios se hallaban desiertos; los diputados de la ciudad estaban allí —los miembros por las ciudades comerciales—, con pocos terratenientes y no muchos de aquellos que entraban en el parlamento en busca de una carrera política. El primer asunto que ocupó la atención de la Cámara fue un mensaje del Lord Protector, en el que rogaba que se nombrara a un diputado durante una ausencia suya que resultaba necesaria.
Reinó el silencio, hasta que uno de los miembros se me acercó y me susurró que el conde de Windsor le había mandado decir que yo debía proponer su elección, en ausencia de la persona que había sido elegida en primer lugar para este cargo.