criaturas semejantes tuviera que elegir aquellas que pudieran erigirse en ejemplos de la grandeza y bondad del hombre, no podría escoger a otras que a aquellas unidas a mí por los lazos más sagrados. Algunos de entre la familia del hombre deben sobrevivir, y estos deberían estar entre los supervivientes; esa habría de ser mi tarea—para lograrla mi propia vida era un pequeño sacrificio. Allí pues, en ese castillo—en el castillo de Windsor, lugar de nacimiento de Idris y de mis nenes—, debía estar el puerto y refugio para la barca naufragada de la sociedad humana. Su bosque debía ser nuestro mundo—su jardín proporcionarnos alimento; dentro de sus muros establecería el trono sacudido de la salud. Yo era un paria y un vagabundo, cuando Adrián arrojó suavemente sobre mí la red plateada del amor y la civilización, y me encadenó inextricablemente a la compasión y la excelencia humanas. Yo era alguien que, aunque aspirante al bien y ferviente amante de la sabiduría, aún no figuraba en ninguna lista de mérito, cuando Idris, la de noble cuna, que era
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VII
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