Desde el interior de la ciudad ni un grito ni un lloro, ni otra cosa que el aullido ocasional de un perro, rompía la quietud del mediodía. Incluso nuestros soldados enmudecieron sobrecogidos; la música cesó; el estrépito de las armas se apagó. Cada hombre le preguntó a su compañero en susurros el significado de esta repentina paz; mientras Raymond, desde una altura, intentaba, por medio de anteojos, descubrir y observar la estratagema del enemigo. No se divisaba ninguna forma en las terrazas de las casas; en las partes más altas de la ciudad, ninguna sombra en movimiento delataba la presencia de ser viviente alguno: ni siquiera los árboles se mecían, y desafiaban la solidez de la arquitectura con igual inmovilidad.
El trote de los caballos, claramente audible en el silencio, se divisó por fin. Era una tropa enviada por Karazza, el Almirante; traían despachos para el Señor General. El contenido de estos documentos era importante.
La noche anterior, la guardia de uno de los buques más pequeños anclados cerca de la muralla del serrallo se vio despertada por un leve chapoteo, como de remos sutiles; se dio la voz de alarma: doce pequeñas embarcaciones, cada una con tres jenízaros, fueron avistadas mientras intentaban abrirse paso a través de la flota hacia la orilla opuesta de Scutari.
Cuando se vieron descubiertos, dispararon sus mosquetes y algunos se adelantaron para cubrir a los demás, cuyas tripulaciones, esforzándose al máximo, intentaban escapar con sus ligeras barcas de entre los oscuros cascos que las rodeaban.
Al final, todas fueron hundidas y, a excepción de dos o tres prisioneros, las tripulaciones se ahogaron.
Poco pudo sacarse en limpio de los supervivientes; pero sus cautas respuestas hicieron conjeturar que varias expediciones habían precedido