Nosotros, en nuestra nublada isla, estábamos muy lejos del peligro, y la única circunstancia que nos acercaba siquiera un poco estos desastres era la llegada diaria de barcos procedentes del este, ababarrotados de emigrantes, en su mayoría ingleses; pues los musulmanes, aunque el miedo a la muerte cundía con fuerza entre ellos, seguían aferrándose los unos a los otros; para que, si iban a morir (y de ser así, la parca los alcanzaría con la misma facilidad en el mar desamparado, o en la lejana Inglaterra, que en Persia),—si iban a morir, sus huesos pudieran reposar en una tierra consagrada por las reliquias de los verdaderos creyentes. La Meca jamás había estado tan abarrotada de peregrinos; sin embargo, los árabes omitían saquear las caravanas, sino que, humildes y desarmados, se unían a la procesión, rogando a Mahoma que apartara la peste de sus tiendas y desiertos.
No puedo describir el deleite arrebatado con el que me aparté de las disputas políticas en el hogar y de los males físicos de países lejanos, para volver a mi querido hogar, a la morada elegida de la bondad y el amor; a la paz y al intercambio de toda sagrada simpatía. Si nunca hubiera abandonado Windsor, estas emociones no habrían sido tan intensas; pero en Grecia había sido presa del miedo y de un cambio deplorable; en Grecia, tras un periodo de ansiedad y dolor, había visto partir a dos cuyos nombres mismos eran el símbolo de la grandeza y la virtud. Pero tales miserias jamás podrían irrumpir en el círculo doméstico que me quedaba, mientras, aislados en nuestro amado bosque, transcurríamos la vida en la tranquilidad. Cierto pequeño cambio trajo en verdad aquí el transcurso de los años; y el tiempo, como suele hacerlo, estampará las huellas de la mortalidad en nuestros placeres y expectativas.