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nydus/The Last ManPublic
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VI

Ahora, por primera vez, vi toda la magnitud de mi tarea, y me abrumó lo que me había atraído a mí mismo. Ryland había abandonado su puesto por miedo a la peste: por el mismo miedo Adrian no tenía ningún rival. Y yo, el pariente más cercano del conde de Windsor, debía proponer su elección. Iba a empujar a este amigo elegido e inigualable al puesto de peligro; ¡imposible! la suerte estaba echada; yo me ofrecería como candidato.

Los pocos miembros que estaban presentes habían venido más con el fin de concluir el asunto asegurando el cuórum legal que con la idea de debatir.

Me había levantado mecánicamente; me temblaban las rodillas; la indecisión pendía de mi voz al pronunciar unas pocas palabras sobre la necesidad de elegir a una persona adecuada para la peligrosa tarea que teníamos entre manos.

Pero, cuando irrumpió la idea de presentarme en lugar de mi amigo, el peso de la duda y el dolor se desvaneció de mí. Mis palabras fluyeron espontáneamente; mi dicción fue firme y rápida.

Hice referencia a lo que Adrian ya había hecho; prometí la misma vigilancia en la promoción de todos sus proyectos. Trazé un cuadro conmovedor de su salud vacilante; me vanaglorié de mi propia fuerza.

Les rogué que salvaran de sí mismo a este vástago de la familia más noble de Inglaterra. Mi alianza con él era la prenda de mi sinceridad; mi unión con su hermana, mis hijos, sus herederos presuntos, eran los rehenes de mi verdad.

Este giro inesperado en el debate no tardó en ser comunicado a Adrian. Se apresuró a entrar y presenció el final de mi apasionado discurso. No lo vi: mi alma estaba en mis palabras; mis ojos no podían percibir lo que era,

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