me precipito hacia el sombrío misterio de la vida venidera. Estoy preparado, con tal de dejar atrás una estela de luz tan radiante que ni mis peores enemigos puedan ensombrecerla. Se lo debo a Grecia, a ti, a mi querida Perdita, que sobrevive, y a mí mismo, víctima de la
Fuimos interrumpidos por un asistente, quien anunció que el estado mayor de Raymond estaba reunido en la sala del consejo. Me pidió que entretanto recorriera el campamento, observara las disposiciones de los soldados y se las informara; luego me dejó.
¡Me había sentido sumamente conmovido por los acontecimientos del día y ahora, más que nunca, por el apasionado lenguaje de Raymond! ¡Ay de la razón humana! Acusaba a los griegos de superstición: ¿qué nombre le daba a la fe que depositaba en las predicciones de Evadne?
Pasé del palacio de Aguas Dulces a la llanura donde se encontraba el campamento, y hallé a sus habitantes en agitación. La llegada de varios con nuevas historias de prodigios procedentes de la flota; las exageraciones vertidas sobre lo que ya se sabía; los relatos de profecías antiguas, de historias temibles de regiones enteras que habían sido arrasadas durante el año en curso por la pestilencia, alarmaron y ocuparon a las tropas.
Se perdió la disciplina; el ejército se desbandó. Cada individuo, que antes era parte de un gran todo que se movía únicamente en sintonía con los demás, se descompuso ahora en la unidad que la naturaleza había hecho de él y pensó tan solo en sí mismo. Al principio se escabulleron de uno en uno y de dos en dos, luego en compañías más grandes, hasta que, sin el impedimento de los oficiales, batallones enteros tomaron el camino que conducía a Macedonia.
Cerca de medianoche regresé al palacio y busqué a Raymond; estaba solo y aparentemente tranquilo; poseía al menos esa clase de tranquilidad que