Mientras tanto, todo marchaba bien en Londres. Las nuevas elecciones habían terminado; el parlamento se reunió, y Raymond estaba ocupado en mil planes benéficos.
Se acometieron canales, acueductos, puentes, edificios imponentes y varias construcciones de utilidad pública; estaba continuamente rodeado de proyectistas y proyectos que iban a convertir a Inglaterra en un escenario de fertilidad y magnificencia; el estado de pobreza iba a ser abolido; los hombres serían transportados de un lugar a otro casi con la misma facilidad que los príncipes Houssain, Alí y Ahmed en Las mil y una noches.
El estado físico del hombre pronto no cedería ante la beatitud de los ángeles; la enfermedad iba a ser desterrada; el trabajo, aligerado de su carga más pesada.
Y esto tampoco parecía extravagante. Las artes de la vida y los descubrimientos de la ciencia habían aumentado en una proporción que dejaba atrás cualquier cálculo; los alimentos brotaban, por decirlo así, espontáneamente; existían máquinas para abastecer con facilidad cada necesidad de la población.
Aún sobrevivía una mala tendencia; y los hombres no eran felices, no porque no pudieran serlo, sino porque no querían esforzarse en vencer los obstáculos surgidos de ellos mismos. Raymond había de inspirarles su beneficiosa voluntad, y el mecanismo de la sociedad, una vez sistematizado según reglas perfectas, no volvería a desviarse jamás hacia el desorden.
Por estas esperanzas abandonó su anhelo, largo tiempo atesorado, de quedar inscrito en los anales de las naciones como un guerrero exitoso; dejando a un lado su espada, la paz y sus glorias perdurables se convirtieron en su meta; el título que codiciaba era el de benefactor de su patria.