para mostrar su ambición; dispuesto a alcanzar el honor, pero devoto del placer, se adentró en la vida. Fue recibido en el umbral por algún ultraje, real o imaginario; algún desaire, allí donde menos lo esperaba; alguna desilusión, difícil de soportar para su orgullo. Se retorció bajo una afrenta que no era capaz de vengar; y abandonó Inglaterra con la promesa de no regresar hasta que llegara el buen momento en que ella pudiera sentir el poder de aquel a quien ahora despreciaba.
Se convirtió en un aventurero en las guerras griegas. Su valor temerario y su genio abarcador lo hicieron destacar. Se convirtió en el héroe predilecto de este pueblo en ascenso. Su nacimiento extranjero —y se negó a renunciar a su lealtad hacia su país natal— fue lo único que le impidió ocupar los más altos cargos del Estado. Pero, aunque otros pudieran ostentar rangos más altos en título y ceremonia, lord Raymond ocupaba un puesto por encima y más allá de todo esto. Condujo a los ejércitos griegos a la victoria; sus triunfos eran todos suyos. Cuando aparecía, ciudades enteras salían en masa a recibirlo; se adaptaron nuevas canciones a sus aires nacionales, cuyos temas eran su gloria, su valor y su munificencia. Se concluyó una tregua entre griegos y turcos. Al mismo tiempo, lord Raymond, por algún azar inesperado, se convirtió en poseedor de una inmensa fortuna en Inglaterra, adonde regresó, coronado de gloria, para recibir la recompensa de honor y distinción que antes se había negado a sus pretensiones. Su orgulloso corazón se rebeló contra este cambio. ¿En qué no era el antes despreciado Raymond el mismo? Si la adquisición de poder en forma de riqueza causaba esta alteración, ese poder debían sentirlo como un yugo de hierro. El poder, por tanto, era el objetivo de todos sus esfuerzos; el engrandecimiento, la diana a la que siempre apuntaba. Ya fuera en la ambición abierta o en la intriga solapada, su fin era el mismo: alcanzar el primer puesto en su propio país.