suficiente para ocupar su tiempo y atención, mientras que la incesante ansiedad por mi bienestar y la salud de sus hijos, por mucho que se esforzara en reprimirla u ocultarla, absorbía todos sus pensamientos y socavaba su principio vital. Después de velar por su seguridad y proveer a ella, su segunda preocupación era ocultarme su angustia y sus lágrimas. Cada noche regresaba al castillo, y allí hallaba el reposo y el amor esperándome. A menudo aguardaba junto al lecho de muerte hasta la medianoche, y a través de la oscuridad de noches lluviosas y nubladas cabalgaba muchas millas, sostenido por una sola circunstancia: la seguridad y el apacible refugio de aquellos a quienes amaba. Si alguna escena de tremenda agonía sacudía mi cuerpo y calentaba mi frente, apoyaba la cabeza en el regazo de Idris, y los pulsos tumultuosos se calmaban en un flujo templado; su sonrisa podía levantarme de la desesperanza, su abrazo inundar mi afligido corazón de serena paz. El verano avanzó y, coronada por los potentes rayos del sol, la peste disparó sus dardos infalibles sobre la tierra. Las naciones inclinaron la cabeza bajo su influjo y murieron. El maíz que brotaba en abundancia yacía en otoño pudriéndose en la tierra, mientras el melancólico desdichado que había salido a recoger pan para sus hijos yacía rígido y fulminado por la peste en el surco. Los verdes bosques agitaron sus ramas con majestad, mientras los moribundos yacían extendidos bajo su sombra, respondiendo a la solemne melodía con gritos desarmónicos. Los coloridos pájaros revoloteaban entre las umbrías; los despreocupados ciervos descansaban ilesos sobre los helechos; los bueyes y los caballos vagaban de sus cuadras desatendidas y pacían entre el trigo, pues la muerte recaía tan solo sobre el hombre.
Con el verano y la mortalidad crecieron nuestros temores. Mi pobre amor y yo nos miramos, y a nuestros nenes.—«Los salvaremos, Idris —dije—,