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nydus/The Last ManPublic
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VIII

preguntar en griego moderno: «¿Quién está ahí?». «Un amigo», respondió Raymond en el mismo dialecto. Ella levantó la vista con asombro y él vio que era Evadne Zaimi. Evadne, que en otro tiempo fuera el ídolo de las pasiones de Adrian; y quien, por amor a su visitante actual, había desdeñado al noble joven y luego, abandonada por aquel a quien amaba, con las esperanzas rotas y un agudo sentimiento de desdicha, había regresado a su Grecia natal. ¿Qué giro de la fortuna podría haberla traído a Inglaterra y la había alojado de este modo?

Raymond la reconoció; y su actitud pasó de una benéfica cortesía a las más cálidas muestras de afecto y simpatía. Verla en la situación en que se encontraba le atravesó el alma como una flecha. Se sentó junto a ella, le tomó la mano y le dijo mil cosas que exhalaban el más hondo espíritu de compasión y cariño.

Evadne did not answer; her large dark eyes were cast down, at length a tear glimmered on the lashes.

“Thus,” she cried, “kindness can do, what no want, no misery ever effected; I weep.”

She shed indeed many tears; her head sunk unconsciously on the shoulder of Raymond; he held her hand: he kissed her sunken tear-stained cheek.

Él le dijo que sus sufrimientos habían terminado: nadie poseía el arte de consolar como Raymond; no razonaba ni declamaba, sino que su mirada irradiaba compasión; traía imágenes agradables ante la víctima; sus caricias no despertaban desconfianza, pues surgían puramente del sentimiento que lleva a una madre a besar al hijo herido; un deseo de demostrar de todas las maneras posibles la verdad de sus sentimientos y la intensidad de su anhelo por verter bálsamo en la mente lacerada de la desdichada.

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