Todo Atenas nos acompañó durante varias millas.
Cuando había desembarcado un mes atrás, la ruidosa plebe había enmudecido por el dolor y el temor; pero este era un día de fiesta para todos.
El aire resonaba con sus gritos; sus pintorescos trajes y los alegres colores que los componían ondeaban al sol; sus gestos entusiastas y su rápida oratoria concordaban con su aspecto indómito.
Raymond era el tema de todas las lenguas, la esperanza de cada esposa, madre o prometida cuyo marido, hijo o amante, formando parte del ejército griego, iba a ser conducido a la victoria por él.
A pesar del peligroso objeto de nuestro viaje, este estuvo lleno de un interés romántico, mientras atravesábamos los valles y cruzábamos las colinas de este divino país.
Raymond estaba animado por las intensas sensaciones de la salud recuperada; sentía que, al ser general de los atenienses, ocupaba un puesto digno de su ambición; y, en su esperanza de la conquista de Constantinopla, contaba con un acontecimiento que sería como un hito en el yermo de los tiempos, una hazaña sin igual en los anales del hombre: cuando una ciudad de grandes asociaciones históricas, cuya belleza paisajística era la maravilla del mundo, que durante muchos cientos de años había sido el bastión de los musulmanes, fuera rescatada de la esclavitud y la barbarie, y devuelta a un pueblo ilustre por su genio, su civilización y su espíritu de libertad.
Perdita descansaba en su compañía recuperada, en su amor, sus esperanzas y su fama, tal como un sibarita en un lecho lujoso; cada pensamiento era éxtasis, cada emoción estaba bañada, por decirlo así, en un elemento propicio y balsámico.