venerables vestigios de un tiempo olvidado. Las flores, hijas de la primavera, adornaban su jardín y sus ventanas; en medio de la humildad había un aire de elegancia que revelaba el grácil gusto de su moradora. Con el corazón latiendo con fuerza, entré en el recinto; al pararme en la entrada, oí su voz, tan melódica como siempre, la cual, antes de verla, me aseguró que se encontraba bien.
Un momento más y apareció Perdita; se detuvo ante mí en la flor de su juventud recién estrenada, diferente y a la vez la misma muchacha de la montaña que yo había dejado.
Sus ojos no podían ser más profundos de lo que eran en la infancia, ni su rostro más expresivo; pero la expresión había cambiado y mejorado; la inteligencia moría en su frente; cuando sonreía, su rostro se embellecía con la más tierna sensibilidad, y su voz baja y modulada parecía afinada por el amor.
Su persona estaba formada con las proporciones más femeninas; no era alta, pero su vida en la montaña había dotado de libertad a sus movimientos, de modo que su paso ligero apenas hacía oír sus pisadas mientras cruzaba el vestíbulo a la carrera para encontrarnos.
Cuando nos habíamos separado, la había estrechado contra mi pecho con desenfrenada calidez; volvimos a encontrarnos y nuevos sentimientos despertaron; al contemplarse el uno al otro, la infancia quedó atrás, como actores ya crecidos en esta escena cambiante.
La pausa duró apenas un instante; el torrente de asociaciones y sentimientos naturales que había estado reprimido volvió a inundar nuestros corazones con fuerza incontenible, y con la más tierna emoción nos fundimos rápidamente en un abrazo.