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nydus/The Last ManPublic
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VIII

su hora señalada surgía en su hemisferio, cuya aparición traía la felicidad y que, aunque se ponía, jamás sufría un eclipse. Venía cada día a su morada de penuria, y su presencia la transformaba en un templo fragante de aromas, radiante con la luz misma del cielo; él participaba de su delirio.

“Ellos construyeron un muro entre sí y el mundo”—Afuera, mil harpías rugían, el remordimiento y la miseria, esperando el momento predestinado para su invasión. Adentro, había una paz semejante a la de la inocencia, una ceguera temeraria, una alegría que inducía a engaño, la esperanza, cuyo ancla inmóvil descansaba sobre aguas apacibles pero inconstantes.

Así, mientras Raymond había estado absorto en visiones de poder y fama, mientras esperaba un dominio absoluto sobre los elementos y la mente humana, el territorio de su propio corazón pasó desapercibido para él; y de esa fuente imprevista surgió el caudaloso torrente que arrolló su voluntad y arrastró hacia el mar del olvido la fama, la esperanza y la felicidad.

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