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nydus/The Last ManPublic
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Capítulo X

su tierno amigo; su frente no estaba nublada, pero el desdén se asomaba a sus labios y su voz era áspera. Perdita era toda amabilidad y atención con su esposo; pero estaba callada y tristísima más allá de las palabras. Había adelgazado y en palidecido; y sus ojos se llenaban a menudo de lágrimas. A veces miraba a Raymond, como si dijera: «¡Que tenga que ser así!». En otras, su rostro expresaba: «Aun así, haré todo lo posible por hacerte feliz». Pero Adrian leía con incertidumbre los rasgos de su rostro y podía equivocarse. Clara estaba siempre con ella, y parecía sentirse más a gusto cuando, en un rincón oscuro, podía sentarse tomando la mano de su hijo, silenciosa y solitaria. Aun así, Adrian era incapaz de adivinar la verdad; les suplicó que nos visitaran en Windsor, y ellos prometieron ir durante el mes siguiente.

Era mayo cuando llegaron: la estación había adornado los árboles del bosque con hojas, y sus senderos con mil flores. Tuvimos aviso de su intención el día anterior; y, temprano por la mañana, Perdita llegó con su hija. Raymond no tardaría en seguirlas, dijo; lo habían retenido algunos asuntos. Según el relato de Adrian, yo había esperado encontrarla triste; pero, por el contrario, parecía de lo más animada: es verdad que había adelgazado, tenía los ojos algo hundidos y las mejillas cavadas, aunque teñidas de un brillante rubor. Estaba encantada de vernos; acarició a nuestros hijos, alabó su crecimiento y mejora; Clara también se alegró de reencontrarse con su joven amigo Alfred; se iniciaron toda clase de juegos infantiles, a los que Perdita se sumó. Nos contagió su alegría y, mientras nos divertíamos en la Terraza del Castillo, parecía que no se habría podido reunir un grupo más feliz y menos abrumado por las preocupaciones.

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