con mantener bajo un sano dominio el pequeño reino de mi propia
“Pero ¿no ves, Lionel, la intención de nuestro noble amigo; una intención, tal vez, desconocida para él mismo, pero evidente para mí? Lord Raymond nunca nació para ser un zángano en la colmena, y hallar satisfacción en nuestra vida pastoral. Él piensa que debería estar satisfecho; imagina que su situación actual excluye la posibilidad de engrandecimiento; por lo tanto, ni siquiera en su propio corazón, planea un cambio para sí mismo. Pero ¿no ves que, bajo la idea de ensalzarme, está trazando un nuevo camino para él; un camino de acción del que se ha apartado durante mucho tiempo?”.
“Permitidnos que le ayudemos. Él, el noble, el belicoso, el grande en cada cualidad que puede adornar la mente y la persona del hombre; él es apto para ser el Protector de Inglaterra. Si yo —esto es, si nosotros lo proponemos—, con seguridad será elegido, y hallará, en las funciones de ese alto cargo, campo de acción para los imponentes poderes de su mente. Incluso Perdita se regocijará. Perdita, en quien la ambición era un fuego oculto hasta que se casó con Raymond, acontecimiento que fue por un tiempo la culminación de sus esperanzas; Perdita se regocijará en la gloria y el ascenso de su señor —y, con timidez y gracia, no estará descontenta con su parte. Entre tanto, nosotros, los sabios del país, regresaremos a nuestro Castillo, y, a la manera de Cincinato, nos dedicaremos a nuestras labores habituales, hasta que nuestro amigo requiera nuestra presencia y ayuda aquí”.
Cuanto más meditaba Adrian en este plan, más factible le parecía. Su propia determinación de no entrar jamás en la vida pública era insuperable, y la delicadeza de su salud constituía un argumento suficiente en contra. El siguiente paso consistía en inducir a Raymond a confesar sus deseos secretos de dignidad y fama. Entró mientras hablábamos. La forma en