El Tíber, el camino tendido por mano de la propia naturaleza que hilvana su continente, estaba a mis pies, y muchas barcas se hallaban amarradas a las orillas. Me embarcaría en una de ellas con unos pocos libros, provisiones y mi perro, y me dejaría llevar por la corriente del arroyo hasta el mar; y entonces, manteniéndome cerca de la costa, cabotaría por las hermosas orillas y los soleados promontorios del azulado Mediterráneo, pasaría Nápoles, junto a Calabria, y osaría afrontar los gemelos peligros de Escila y Caribdis; luego, con rumbo intrépido (pues ¿qué tenía que perder?), planearía la superficie del océano hacia Malta y las lejanas Cícladas. Evitaría Constantinopla, cuya vista de torres y ensenadas bien conocidas pertenecía a un estado de existencia distinto al actual; costearía el Asia Menor y Siria, y, cruzando el Nilo de las siete bocas, pondría proa al norte de nuevo hasta que, perdiendo de vista la olvidada Cartago y la desierta Libia, alcanzase las columnas de Hércules. Y entonces—no importa dónde—, las cuevas fangosas y las profundidades silenciosas del océano tal vez sean mi morada antes de que complete este dilatado viaje, o antes de que la flecha de la enfermedad halle mi corazón mientras floto en solitario por el agitado Mediterráneo; o bien, en algún lugar en el que recale, podré hallar lo que busco—un compañero; o si esto no puede ser—hasta el fin de los tiempos, decrépito y canoso—, con la juventud ya en la tumba junto a aquellos a quienes amo—, el solitario vagabundo seguirá desplegando su vela y empuñando la caña del timón— y, obedeciendo aún a las brisas del cielo, bordeando por siempre promontorio tras promontorio, fondeando en bahía tras bahía, surcando todavía el estéril océano, dejando atrás la verde tierra de la Europa natal, ciñendo la leonada costa de África, tras haber capeado los fieros mares del Cabo, tal vez amarre mi gastada chalupa en una cala, sombreada por frondosos bosquecillos de las olorosas islas del lejano océano Índico.
Table of Contents
X
657