en Viena, donde comenzaría mi carrera bajo los mejores auspicios. En dos años, regresaría a mi país con un nombre bien conocido y una reputación ya
¿Y Perdita?—Perdita iba a convertirse en discípula, amiga y hermana menor de Evadne. Con su habitual consideración, él le había asegurado su independencia en esa situación. ¿Cómo rechazar los ofrecimientos de este generoso amigo?—Yo no deseaba rechazarlos; pero en lo más hondo de mi corazón, hice el juramento de consagrar mi vida, mis conocimientos y mi poder, todo lo cual, en la medida en que tuviera algún valor, él me lo había otorgado—todo, todas mis facultades y esperanzas, a él solo las consagraría.
Así me lo prometí a mí mismo, mientras viajaba hacia mi destino con una expectativa viva y ardiente: la expectativa de la realización de todo cuanto en la infancia nos prometemos de poder y goce en la madurez.
Me parecía que había llegado el momento en que, dejadas a un lado las ocupaciones infantiles, entraría en la vida. Incluso en los Campos Elíseos, Virgilio describe a las almas de los bienaventurados ansiosas por beber de la ola que había de devolverlas a esta envoltura mortal.
Los jóvenes rara vez están en el Elysium, pues sus deseos, superando toda posibilidad, los dejan tan pobres como a un deudor sin dinero. Los más sabios filósofos nos hablan de los peligros del mundo, de los engaños de los hombres y de la traición de nuestros propios corazones; pero no por ello con menor intrepidez cada cual desamarra su frágil barca del puerto, despliega la vela y esfuerza su remo para alcanzar las múltiples corrientes del mar de la vida.
¡Cuán pocos, en la flor de la juventud, atracan sus naves en las «arenas de oro» y recogen las conchas pintadas que las alfombran. Mas todos, al caer el día, con tablones partidos y lona desgarrada, ponen proa a la costa, y o bien naufragan antes de alcanzarla, o hallan algún puerto azotado por las olas, alguna playa desierta en la que arrojarse para morir sin luto.