debo hacerlo, por impulso. Esta morada de penuria puede al menos demostrar el desinterés de mi conducta. No importa: no deseo alegar mi causa ante ninguno de ellos, ni siquiera ante su señoría, a menos que me hubiera descubierto primero. El tenor de mis acciones demostrará que prefiero morir antes que ser objeto de burla; ¡contemplad a la orgullosa Evadne en sus harapos! ¡Mirad a la princesa mendiga! Hay veneno de áspid en el pensamiento; prométame que usted no violará mi secreto».
Raymond prometió; pero entonces se promovió una nueva discusión. Evadne le exigió un nuevo compromiso por su parte: que no emprendiera, sin el consentimiento de ella, ningún proyecto en su beneficio, ni ofreciera él mismo ningún alivio.
«No me degrades ante mis propios ojos —dijo—; la pobreza ha sido mi nodriza durante mucho tiempo; de rostro severo, pero honrada. Si el deshonor, o lo que considero deshonor, se me acerca, estaré perdida».
Raymond adujo muchos argumentos y fervientes persuasiones para vencer su sentimiento, pero ella se mantuvo inconmovible; y, agitada por la discusión, hizo de forma frenética y apasionada un solemne voto: huir y esconderse donde él jamás pudiera descubrirla, donde el hambre pronto trajera la muerte para poner fin a sus penas, si él persistía en sus ofertas deshonrosas para ella.
Podía mantenerse por sí misma, dijo. Y entonces le mostró cómo, ejecutando diversos diseños y pinturas, ganaba una bicoca para su sustento.
Raymond cedió por el momento. Estaba convencido, tras secundar por un tiempo su obstinación, de que al final la amistad y la razón prevalecerían.