un pueblo comercial, nos vimos obligados a tomar tales planes en consideración, y la cuestión del contagio se convirtió en objeto de un serio debate.
Se demostró que la peste no era lo que comúnmente se llama contagiosa, como la escarlatina o la ya extinta viruela. Se le llamó epidemia. Pero la gran cuestión seguía sin resolverse acerca de cómo se generaba y aumentaba esta epidemia. Si el contagio dependía del aire, el aire era susceptible de contagiarse. Como por ejemplo, una fiebre tifoidea ha sido traída por barcos a una ciudad portuaria; sin embargo, las mismas personas que la trajeron allí eran incapaces de transmitirla en una ciudad con una ubicación más afortunada. Pero ¿cómo vamos a juzgar los aires y dictaminar —en una ciudad así la peste morirá estéril; en otra, la naturaleza le ha preparado una cosecha abundante? Del mismo modo, los individuos pueden escapar noventa y nueve veces y recibir el golpe mortal a la centésima; porque los cuerpos a veces están en condiciones de rechazar el contagio de la enfermedad y otras, ávidos de absorberlo. Estas reflexiones hicieron dudar a nuestros legisladores antes de poder decidir sobre las leyes que debían promulgarse. El mal era tan extenso, tan violento e irremediable, que ningún cuidado, ninguna prevención podía considerarse superflua, ya que incluso añadía una oportunidad para nuestra salvación.
Eran cuestiones de prudencia; no había una necesidad inmediata de una advertencia apremiante. Inglaterra aún estaba a salvo. Francia, Alemania, Italia y España se interponían, murallas todavía sin brecha, entre nosotros y la peste. Ciertamente nuestras naves eran juguete de los vientos y las olas, tal como Gulliver lo era de los brobdingnagianos; pero nosotros, en nuestra morada estable, no podíamos sufrir daño alguno en la vida o en los miembros a causa de estas erupciones de la naturaleza. No podíamos temer, y no temíamos. Con todo, un sentimiento de temor reverencial, un sentimiento de asombro sin aliento, un doloroso sentido de la degradación de la humanidad, se instaló en todos los corazones. La