un bote; con una punzada en el corazón vi que Raymond era incapaz de bajar por el costado de la nave; lo bajaron en una silla y yacía envuelto en capas en el fondo del bote.
Me apeé y llamé a unos marineros que andaban en barca por el puerto para que se acercaran y me subieran a su esquife; Perdita bajó de su carruaje en el mismo instante; me cogió del brazo: «Lléveme con usted», exclamó; estaba pálida y temblaba; Clara se aferró a ella: «No debe hacerlo —le dije—, el mar está picado; pronto estará aquí; ¿no ve su barca?».
La pequeña barca a la que había hecho señas se había detenido ahora; antes de poder detenerla, Perdita, ayudada por los marineros, estaba en ella; Clara siguió a su madre; un fuerte grito resonó desde la multitud mientras salíamos del puerto interior; mientras mi hermana, en la proa, se había aferrado a uno de los hombres que usaba un catalejo, haciendo mil preguntas, sin importarle la salpicadura que rompía sobre ella, sorda, ciega a todo, excepto al pequeño punto que, apenas visible en la cresta de las olas, se acercaba evidentemente.
Nos acercamos con toda la velocidad que seis remeros podían imprimir; el ordenado y pintoresco atuendo de los soldados en la playa, los sonidos de música triunfal, la brisa vivaz y las banderas ondeantes, las exclamaciones espontáneas de la multitud entusiasta, cuyas oscuras miradas y ropajes extranjeros eran puramente orientales; la visión de la roca coronada por el templo, el mármol blanco de los edificios brillando al sol, y destacándose nítidamente contra la oscura cresta de las altas montañas al fondo; el rugido cercano del mar, el chapoteo de los remos y el impacto de la espuma, todo ello sumergió mi alma en un delirio, jamás sentido ni imaginado en el curso ordinario de la vida corriente.
Temblando, fui incapaz de seguir mirando por el catalejo con el que había observado los movimientos de la tripulación cuando se botó por