No estaba en mi naturaleza hallar consuelo en tales espectáculos; en los teatros, cuyas bufas risas y discordante alborozo despertaban una simpatía enfermiza, o donde las lágrimas y los lamentos ficticios se burlaban del dolor sincero que habitaba en mi interior; en las festividades o las concurridas reuniones, donde la hilaridad brotaba de los peores sentimientos de nuestra naturaleza, o de tal sojuzgamiento de los mejores que los recubría de un barniz llamativo y falso; en las asambleas de dolientes disfrazados de juerguistas.
Sin embargo, una vez presencié una escena de singular interés en uno de los teatros, donde la naturaleza avasalló al arte, tal como una catarata desbordada arranca la insignificante obra de una falsa cascada que antes se alimentaba de una pequeña porción de sus aguas.
Había venido a Londres para ver a Adrián. No estaba en el palacio; y, aunque los sirvientes no sabían a dónde había ido, no lo esperaban hasta bien entrada la noche.
Eran entre las seis y las siete, una hermosa tarde de verano, y pasé mis horas libres deambulando por las calles vacías de Londres; ora desviándome para evitar un funeral que se acercaba, ora impulsado por la curiosidad de observar el estado de un lugar determinado; mis deambulares estaban repletos de dolor, pues el silencio y el desamparo caracterizaban cada sitio que visitaba, y los pocos seres que encontraba eran tan pálidos y desdichados, tan marcados por la zozobra y deprimidos por el miedo, que, cansado de tropezar solo con signos de miseria, comencé a desandar mis pasos hacia casa.