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nydus/The Last ManPublic
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II

había celos, inquietud ni desconfianza en su sentimiento; era devoción y fe. Su vida quedaba absorbida por la existencia de su amada; y su corazón latía únicamente al unísono con las pulsaciones que daban vida al de ella. Esta era la ley secreta de su vida: amaba y era amado. El universo era para él una morada que habitar con su elegida; y no un plan de sociedad ni una cadena de acontecimientos que pudiera conferirle felicidad o miseria. ¿Qué importaba que la vida y el sistema de relaciones sociales fueran un desierto, una jungla acechada por tigres! En medio de sus errores, en las profundidades de sus recintos salvajes, había un sendero despejado y florido, por el cual podían transitar con seguridad y deleite. Su camino sería como el paso del mar Rojo, que podían cruzar con los pies secos, aunque un muro de destrucción se cerniera amenazante a ambos lados.

¡Ay! ¿Por qué debo consignar la infeliz ilusión de este incomparable espécimen de humanidad?

¿Qué hay en nuestra naturaleza que nos empuja perpetuamente hacia el dolor y la miseria? No estamos formados para el goce; y por mucho que estemos sintonizados para la recepción de emociones placenteras, la desilusión es la infalible timonera de la barca de nuestra vida, y nos conduce implacable hacia los bajíos.

¿Quién estaba mejor dotado que este joven de gran talento para amar y ser amado, y para cosechar un gozo inalienable de una pasión irreprochable? Si su corazón hubiera dormido unos años más, se habría salvado; pero despertó en su infancia; poseía fuerza, pero carecía de sabiduría; y quedó arruinado, tal como un capullo que brota demasiado pronto es marchitado por la helada mortal.

No acusé a Evadne de hipocresía ni de un deseo de engañar a su amante; pero la primera carta que vi suya me convenció de que no lo amaba; estaba escrita con elegancia y, a pesar de ser extranjera, con un gran dominio del idioma.

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