Un segundo pensamiento cruzó su cerebro, veloz como una flecha; corrió hacia la ventana; y un relámpago le mostró la visión esperada: su amado en el jardín de abajo; la alegría le dio fuerzas para bajar las escalera, abrir la puerta y, acto seguido, se desvaneció en sus brazos que la sostenían.
Mil veces se reprochó a sí misma, como si de un crimen se tratara, el volver a la felicidad junto a él. El apego natural de la mente humana a la vida y a la alegría se encontraba en su máxima energía en su joven corazón; se entregó impetuosamente al encanto: se casaron; y en sus rostros radiantes vi encarnado, por última vez, el espíritu del amor, de la simpatía arrebatadora, que antaño había sido la vida del mundo.
Los envidiaba, pero comprendía lo imposible que era absorber el mismo sentimiento, ahora que los años habían multiplicado mis lazos con el mundo. Por encima de todo, la madre angustiada, mi amada y marchita Idris, reclamaba mi solicitud más ferviente; no podía