que el aire resuene con lamentos funestos; ¡que la discordia salvaje corra sobre las alas del viento! Ya lo oigo, mientras los ángeles guardianes, que atienden a la humanidad, con su tarea cumplida, se apresuran a marchar, y su partida es anunciada por melodías melancólicas; rostros todos desfigurados por el llanto abrieron a la fuerza mis párpados; más y más rápidamente muchos grupos de estos rostros cabizbajos se agolparon alrededor, mostrando toda variedad de miseria: rostros bien conocidos mezclados con las creaciones distorsionadas de la fantasía. Pálidos como ceniza, Raymond y Perdita se sentaban aparte, observando con sonrisas tristes. El rostro de Adrian pasó raudo, manchado por la muerte; Idris, con los ojos lánguidamente cerrados y los labios lívidos, estaba a punto de deslizarse en la amplia tumba. La confusión crecía; sus miradas de tristeza se transformaron en burla; asentían con la cabeza al compás de la música, cuyo estrépito se volvía enloquecedor.
Sentí que aquello era una locura; me lancé hacia adelante para quitármelo de encima; me precipité en medio de la multitud. Idris me vio: con paso ligero se adelantó; al estrecharla entre mis brazos, sintiendo, como sentía, que así abarcaba lo que para mí era un mundo, aunque frágil como la gota de agua que el sol del mediodía beberá de la copa del nenúfar; las lágrimas llenaron mis ojos, no acostumbrados a humedecerse así. La alegre bienvenida de mis muchachos, la suave felicitación de Clara, la presión de la mano de Adrian, contribuyeron a quebrantarme. Sentí que estaban cerca, que estaban a salvo, mas me pareció que todo aquello era un engaño; la tierra tambaleó, los árboles de profundas raíces se movieron; el vértigo se apoderó de mí; caí al suelo.
Mis amados amigos estaban alarmados; es más, expresaron su alarma con tanta ansiedad, que no me atreví a pronunciar la palabra peste, que revoloteaba en mis labios, no fuera a ser que interpretaran mis miradas turbadas como un síntoma y vieran infección en mi languidez. Apenas me había recuperado y, con fingida hilaridad, había devuelto las sonrisas a mi pequeño círculo, cuando vimos acercarse a Ryland.