Me senté al pie de estas vastas columnas. El Coliseo, cuya ruina desnuda está vestida por la naturaleza con un velo verde y luminoso, yacía bajo la luz del sol a mi derecha. No muy lejos, a la izquierda, se encontraba la Torre del Capitolio. Arcos triunfales, los muros derruidos de muchos templos, esparcían el suelo a mis pies. Me esforcé, me propuse obligarme a ver a la multitud plebeya y a las altivas formas patricias congregadas alrededor; y, a medida que el Diorama de las eras cruzaba por mi abatida imaginación, fueron reemplazadas por el romano moderno; el Papa, con su estola blanca, repartiendo bendiciones a los fieles arrodillados; el fraile con su capucha; la muchacha de ojos oscuros, velada por su mezzera; el ruidoso campesino tostado por el sol, que conducía su rebaño de búfalos y bueyes hacia el Campo Vaccino. El romanticismo con el que, mojando nuestros pinceles en los tonos del arco iris del cielo y de la naturaleza trascendente, dotamos en cierto modo y gratuitamente a los italianos, reemplazó la solemne grandeza de la antigüedad. Recordé al monje oscuro y a las figuras flotantes de The Italian, y cómo mi sangre de muchacho se había estremecido ante la descripción. Traje a la memoria a Corinna ascendiendo al Capitolio para ser coronada, y, pasando de la heroína a la autora, reflexioné sobre cómo el Espíritu Encantador de Roma ejercía un dominio soberano sobre las mentes de los imaginativos, hasta posarse en mí—único espectador restante de sus maravillas.
Largo tiempo me hallé absorto en tales ideas; mas el alma se cansa de un vuelo sin pausas; y, descendiendo de sus círculos en constante giro sobre este lugar, de repente cayó a diez mil brazas de profundidad, en el abismo del presente—en el autoconocimiento—en una tristeza decuplicada. Me incorporé—deseché mis ensoñaciones; y yo, que hace un momento casi podía oír los gritos de la muchedumbre romana y me sentía empujado por innumerables multitudes, contemplé ahora las ruinas desiertas de Roma durmiendo bajo su propio cielo azul; las sombras yacían tranquilamente en el suelo; unas ovejas pacían sin pastor en el Palatino, y un búfalo avanzaba con paso pesado por la Vía Sacra que conducía al Capitolio.