representaba la angustia de su soledad; recordaba con qué ávida alegría la había hecho partícipe en otros tiempos de sus dichosas esperanzas, con qué agradecido afecto recibía su simpatía en sus inquietudes. Traía a la memoria cuántas veces él había declarado que la soledad era para él el mayor de todos los males, y cómo la muerte misma se le volvía más llena de miedo y dolor cuando se imaginaba una tumba solitaria. «Mi buena muchacha —le había dicho—, me alivia de estas fantasías. Unido a ella, acariciado en su querido corazón, jamás volveré a conocer la miseria de hallarme solo. Incluso si muero antes que tú, mi Perdita, atesora mis cenizas hasta que las tuyas puedan mezclarse con las mías. Es un sentimiento necio para alguien que no es materialista, mas, a mi parecer, aun en esa oscura celda, podré sentir que mi polvo inanimado se mezcla con el tuyo, y tener así un compañero en la descomposición». En su actitud resentida, estas expresiones se habían recordado con acrimonia y desdén; la visitaban en su hora de ablandamiento, arrancándole el sueño de los ojos y toda esperanza de descanso de su espíritu inquieto.
Dos meses pasaron así, cuando al fin obtuvimos la promesa de la liberación de Raymond. El encierro y las privaciones habían minado su salud; los turcos temían que se cumplieran las amenazas del gobierno inglés si él moría en sus manos; consideraban imposible su recuperación; lo entregaron como a un moribundo, cediéndonos gustosamente los ritos funerarios.
Llegó por mar desde Constantinopla a Atenas. El viento, favorable para él, soplaba con tanta fuerza hacia la costa que nos fue imposible, tal como habíamos planeado en un principio, salir a su encuentro en su acuoso camino. La atalaya de Atenas estaba asediada de curiosos, que oteaban ávidamente cada vela; hasta que, el primero de mayo, la gallarda fragata apareció a la vista, cargada con un tesoro más incalculable que las riquezas que, navegando desde México, el tempestuoso Pacífico se tragó, o que las que