Habíamos esperado este momento con anhelo, pues ahora habíamos completado la peor parte de nuestro sombrío viaje, y Suiza estaba cerca.
Sin embargo, ¿cómo podíamos felicitarnos por un acontecimiento cumplido de forma tan imperfecta? ¿Eran estos seres miserables, que, gastados y desdichados, desfilaban en dolorosa procesión, los únicos restos de la raza humana que, como un diluvio, se había extendido y adueñado antaño de toda la tierra?
Había descendido clara y sin obstáculos desde su fuente montañosa primordial en Ararat, y creció desde un arroyuelo insignificante hasta convertirse en un vasto río perenne, fluyendo sin cesar generación tras generación. Idéntico, pero diversificado, creció y avanzó raudo hacia el océano devorador, cuyas brumosas costas alcanzábamos ahora.
Había sido un mero juguete de la naturaleza cuando salió por primera vez del vacío inactivo hacia la luz; pero el pensamiento dio a luz el poder y el conocimiento; y, revestida con estos, la raza del hombre asumió dignidad y autoridad. Ya no era entonces el simple jardinero de la tierra, ni el pastor de sus rebaños;
“consiguió un aspecto imponente y majestuoso; tuvo un árbol genealógico e ilustres antepasados; tuvo su galería de retratos, sus inscripciones monumentales, sus crónicas y títulos”.