pasiones del hombre, nutrida por sus impulsos más violentos, sin precedentes y funesta.
Un buen número de personas de Norteamérica, los restos de aquel populoso continente, habían zarpado hacia el Oriente con el deseo loco de cambiar de aires, dejando sus llanuras nativas por tierras no menos afligidas que las suyas. Varios cientos desembarcaron en Irlanda, hacia el primero de noviembre, y tomaron posesión de las viviendas vacías que pudieron encontrar, apoderándose del alimento superabundante y del ganado suelto. A medida que agotaban los frutos de un lugar, avanzaban hacia otro. Por fin comenzaron a interferir con los habitantes y, fuertes por su número concentrado, expulsaron a los nativos de sus hogares y los despojaron de sus provisiones para el invierno. Unos pocos sucesos de esta índole despertaron la ardiente naturaleza de los irlandeses, quienes atacaron a los invasores. Algunos fueron aniquilados; la mayor parte escapó mediante movimientos rápidos y bien ordenados, y el peligro los hizo prudentes. Con sus efectivos hábilmente organizados, las propias muertes entre ellos ocultas, avanzando en buen orden y entregados al parecer al disfrute, despertaron la envidia de los irlandeses. Los estadounidenses permitieron que unos pocos se unieran a su banda, y al poco tiempo los reclutas superaban en número a los forasteros; ni se unieron a ellos ni imitaron el orden admirable que, preservado por los jefes transatlánticos, los hacía a la vez seguros y formidables. Los irlandeses siguieron su rastro en multitudes desorganizadas; cada día aumentando; cada día volviéndose más indisciplinados. Los estadounidenses estaban ansiosos por escapar del espíritu que habían despertado y, al llegar a las costas orientales de la isla, se embarcaron hacia Inglaterra. Su incursión apenas se habría notado de haber venido solos;