Huyó de mí hacia el pasillo; la verja se cerró entre nosotros; quedó en las fauces de este hombre del crimen, prisionera, respirando aún la atmósfera pestilente adherida a su naturaleza demoníaca; la brisa libre soplaba en mi mejilla, la luna brillaba clemente sobre mí, mi camino era libre. Feliz de haber escapado, aunque melancólico en mi propia alegría, desanduve mis pasos hacia Versalles.
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V. Capítulo V
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