CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Last ManPublic
EspañolEnglish
Página 167 de 658
Table of Contents

IX. Perdita

¿Mientras tanto, qué hizo Perdita?

Durante los primeros meses de su Protectorado, Raymond y ella habían sido inseparables; cada proyecto se discutía con ella, cada plan era aprobado por ella. Jamás contemplé a nadie tan perfectamente feliz como a mi dulce hermana. Sus expresivos ojos eran dos estrellas cuyos rayos eran amor; la esperanza y la alegría habitaban en su frente sin nubes. Se alimentaba, hasta llegar a las lágrimas de alegría, de la alabanza y la gloria de su Señor; toda su existencia era un sacrificio para él y, si en la humildad de su corazón sentía autocomplacencia, esta surgía de la reflexión de que se habías ganado al héroe más distinguido de la época y lo había conservado durante años, incluso después de que el tiempo le hubiera quitado al amor su alimento habitual. Su propio sentimiento era tan íntegro como en su nacimiento. Cinco años no habían logrado destruir la deslumbrante irrealidad de la pasión. La mayoría de los hombres destruyen implacablemente el sagrado velo con el que el corazón femenino suele adornar al ídolo de sus afectos. No así Raymond; él era un hechicero cuyo imperio jamás menguaba; un rey cuyo poder nunca se suspendía: síguesele a través de los detalles de la vida común, y el mismo encanto de gracia y majestad lo adornaba; ni podía ser despojado de la innata divinización con la que la naturaleza lo había investido. Perdita crecía en belleza y excelencia bajo su mirada; ya no reconocía a mi reservada y abstraída hermana en la fascinante y abierta esposa de Raymond. El genio que iluminaba su rostro se unía ahora a una

167