Cumplí mi misión; vi a Karazza. Estaba un tanto sorprendido; vería, dijo, qué se podía hacer; pero requería tiempo; y Raymond me había ordenado regresar al mediodía.
Era imposible efectuar nada en un tiempo tan breve. Debía quedarme hasta el día siguiente; o volver, tras haber informado al general del estado actual de las cosas.
Mi elección fue fácil de tomar. Una inquietud, un temor de lo que estaba por sobrevenir, una duda sobre los propósitos de Raymond, me instaron a regresar sin demora a sus cuarteles.
Dejé las Siete Torres y cabalgué hacia el este, rumbo a las Aguas Dulces. Tomé un camino sinuoso, principalmente con el propósito de subir a la colina mencionada antes, desde la cual se dominaba una vista de la ciudad. Llevaba mi catalejo conmigo. La ciudad se bañaba bajo el sol del mediodía y sus venerables murallas trazaban un límite pintoresco. Inmediatamente ante mí se hallaba el Top Kapou, la puerta cerca de la cual Mahoma había abierto la brecha por la que entró en la ciudad. Cerca crecían árboles gigantescos y añosos; frente a la puerta alcancé a distinguir una multitud de figuras humanas en movimiento; con intensa curiosidad, me llevé el catalejo a los ojos.
Vi a lord Raymond en su corcel; un pequeño grupo de oficiales se había reunido a su alrededor; y detrás había una muchedumbre heterogénea de soldados y subalternos, su disciplina perdida, sus armas arrojadas a un lado; ninguna música sonaba, ninguna bandera flameaba. La única bandera entre ellos era una que llevaba Raymond; señaló con ella hacia la puerta de la ciudad. El círculo a su alrededor retrocedió. Con gestos airados saltó de su caballo y, tomando un hacha que colgaba del arzón de su silla, fue con la aparente intención de derribar la puerta opuesta. Unos cuantos hombres acudieron a ayudarle; su número