imaginación, majestuosa y eterna superviviente de millones de generaciones de hombres extintos. Me esforcé por calmar los dolores de mi afligido corazón interesándome ya desde ahora por lo que en mi juventud había ansiado ardientemente ver. Cada rincón de Roma está repleto de reliquias de la antigüedad. Las calles más humildes están salpicadas de columnas truncadas, capiteles rotos —corintios y jónicos— y centelleantes fragmentos de granito o pórfido. Los muros de las viviendas más indigentes encierran una columna acanalada o una piedra pesada que en otro tiempo formó parte del palacio de los Césares; y la voz del tiempo muerto, en silenciosas vibraciones, exhala de estas cosas mudas, animadas y glorificadas como lo fueron por el hombre.
Abracé las vastas columnas del templo de Júpiter Estator, que perdura en el espacio abierto que era el Foro, y apoyando mi mejilla febril contra su fría durabilidad, intenté perder la sensación de la miseria presente y del presente abandono, evocando en la celda obsesionada de mi cerebro vívidos recuerdos de tiempos pasados.
Me regocijé en mi éxito al figurarme a Camilo, a los Gracos, a Catón y, por último, a los héroes de Tácito, que brillan como meteoros de fulgor sobresaliente durante la noche sombría del imperio; —a medida que los versos de Horacio y Virgilio, o los encendidos periodos de Cicerón acudían en masa a las puertas abiertas de mi mente, me sentí exaltado por un entusiasmo hacía mucho olvidado.
Me encantó saber que contemplaba la escena que ellos contemplaban —la escena que sus esposas y madres, y multitudes de anónimospresenciaron, al tiempo que honraban, aplaudían o lloraban a estos ejemplares incomparables de la humanidad.
Al fin, pues, había hallado un consuelo. No había buscado en vano los históricos recintos de Roma; había descubierto una medicina para mis numerosas y vitales heridas.