ya de noche, y el sol descendía rápidamente por el cielo occidental. Avancé a tropezones hasta llegar a una calle cuyas casas de madera, medio quemadas, se habían enfriado con la lluvia y, por fortuna, no habían sufrido daños a causa de la pólvora. Por ella me apresuré; hasta entonces no había visto vestigio alguno de hombre. Con todo, ninguna de las desfiguradas formas humanas que distinguí podía ser la de Raymond; así que aparté la vista, mientras se me encogía el corazón. Llegué a un espacio abierto —una montaña de ruinas en el centro anunciaba que alguna gran mezquita había ocupado el lugar— y allí, esparcidos por todas partes, vi diversos artículos de lujo y riqueza, chamuscados, destruidos, pero que mostraban lo que habían sido en su ruina; joyas, hilos de perlas, túnicas bordadas, pieles ricas, tapices brillantes y adornos orientales parecían haber sido reunidos allí en una pila destinada a la destrucción, pero la lluvia había detenido los estragos a mitad de camino.
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II
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