Incitados por agravios imaginarios e insultantes burlas, los bandos opuestos se habían lanzado a atacarse mutuamente; mientras que los Elegidos, formados aparte, parecía que aguardaban la oportunidad para caer con mayor ventaja sobre sus enemigos, una vez que estos se hubieran debilitado mutuamente. Un poder piadoso intervino y no se derramó sangre; porque, en el preciso instante en que la turba insensata se disponía a atacar, las mujeres, esposas, madres e hijas, se interpusieron corriendo; agarraron las bridas; abrazaron las rodillas de los jinetes y se colgaron de los cuellos o de los brazos armados de sus enfurecidos parientes; el agudo grito femenino se mezclaba con el alarido varonil y formaba el indómito clamor que nos dio la bienvenida a nuestra llegada.
Nuestras voces no podían oírse en el tumulto; Adrian, sin embargo, sobresalía por el corcel blanco que montaba; espoleándolo, se lanzó en medio de la muchedumbre: fue reconocido, y se alzó un fuerte grito por Inglaterra y el Protector. Los antiguos adversarios, conmovidos hasta el afecto al verle, se unieron en desatenta confusión y lo rodearon; las mujeres besaban sus manos y los bordes de sus ropas;