circunstancias. Él permanecía para combatir al demonio —con el flanco desprotegido, sus fatigas sin compartir—, el contagio bien podía alcanzarlo, y él morir desatendido y solo. Día y noche estos pensamientos me acosaban. Resolví visitar Londres, verlo; calmar estas punzadas agónicas con el dulce remedio de la esperanza, o el opiáceo de la desesperación.
No fue hasta que llegué a Brentford cuando percibí un cambio notable en el aspecto del campo.
Las mejores casas estaban cerradas; el atareado comercio del pueblo, paralizado; se respiraba un aire de ansiedad entre los pocos transeúntes que me cruzé, y miraban con asombro mi carruaje—el primero que veían pasar hacia Londres desde que la peste se sentó en sus altas esferas y se adueñó de sus concurridas calles.
Me encontré con varios entierros; contaban con la escasa asistencia de unos pocos dolientes y los espectadores los consideraban augurios de funesto significado.
Algunos contemplaban estas procesiones con salvaje avidez—otros huían con timidez—unos pocos lloraban a gritos.