largo era al suelo—¿me atrevo a revelar la verdad a los apacibles vástagos de la soledad? Lo hice, para besar la entrañable y sagrada tierra que él pisaba.
Encontré todo en estado de tumulto. Un emisario del líder de los Elegidos había sido tan exaltado por su jefe y por su propio credo fanático, que atentó contra la vida del Protector y salvador de la humanidad perdida. Su mano fue detenida en el acto de apuñalar al conde; esta circunstancia había causado el clamor que oí a mi llegada al castillo, y la confusa asamblea de personas que hallé reunida en la Salle d’Hercule. Aunque la superstición y la furia demoníaca se habían filtrado entre los emigrantes, varios se mantuvieron fieles a su noble jefe; y muchos, cuya fe y cuyo amor se habían desquiciado por el miedo, sintieron que todo su afecto latente reavivaba con este detestable atentado. Una falange de pechos fieles lo cercó; el desdichado que, aunque prisionero y encadenado, se jactaba de su designio y reclamaba con locura la corona del martirio, habría sido hechoañicos de no mediar su pretendida víctima. Adrián, dando un salto hacia adelante, lo protegió con su propia persona y ordenó con energía la sumisión de sus furiosos amigos; en este momento había entrado yo.
La disciplina y la paz quedaron al fin restauradas en el castillo; y entonces Adrián fue de casa en casa, de tropa en tropa, para calmar los ánimos perturbados de sus seguidores y llamarlos de nuevo a su antigua obediencia.
Pero el miedo a la muerte inmediata aún reinaba entre estos supervivientes de la destrucción de un mundo; pasado el horror provocado por el atentado, cada mirada se volvió hacia París.
Los hombres aman tanto un apoyo que se recuestan en una lanza envenenada y puntiaguda; y tal era él, el impostor, quien, con el temor del infierno por azote, lobo voracísimo, hacía de pastor de un rebaño crédulo.