entero lo pasábamos deambulando, sin perder de vista el final de nuestro viaje, pero sin importarnos la hora en que habríamos de completarlo. Cuando brillaba el astro vespertino y el atardecer anaranjado, muy a lo lejos en el oeste, señalaba la posición de la entrañable tierra que habíamos dejado para siempre, la charla, cautivadora del pensamiento, hacía volar las horas: ¡oh, ojalá hubiéramos vivido así por los siglos de los siglos! ¿Qué importancia tenía para nuestros cuatro corazones que fuesen ellos los únicos manantiales de vida en el ancho mundo? En lo que respecta al mero sentimiento individual, preferíamos quedar así unidos antes que haber vagado verdaderamente sin compañía hasta el último término de la vida, cada uno solo en un desierto poblado de hombres desconocidos. De este modo procurábamos consolarnos el uno al otro; de este modo nos enseñaba a razonar la verdadera filosofía.
Era la delicia de Adrian y mía servir a Clara, llamándola la pequeña reina del mundo, y nosotros sus más humildes servidores.
Cuando llegábamos a una ciudad, nuestro primer cuidado era elegir para ella su morada más selecta; asegurarnos de que no quedara ningún vestigio desolador de sus antiguos habitantes; buscarle alimento y atender a sus necesidades con asidua ternura.
Clara participaba en nuestro plan con alegría infantil. Su ocupación principal era cuidar de Evelyn; pero su diversión consistía en ataviarse con espléndidos vestidos, adornarse con gemas resplandecientes e imitar la pompa principesca. Su religiosidad, profunda y pura, no le enseñaba a negarse a mitigar así el agudo aguijón del pesar; su juvenil vivacidad la hacía entregarse, en cuerpo y alma, a estas extrañas mascaradas.
Habíamos decidido pasar el invierno siguiente en Milán que, por ser una ciudad grande y lujosa, nos ofrecería variedad de viviendas. Habíamos